Playas VOLVER

Ese mágico encanto de Brasil

Como si un hechizo embrujara a cada argentino, playas como Pipa, Buzios, Ilhabella o la eterna Río de Janeiro aparecen cual imanes que enamoran con diferentes argumentos, pero con la misma eficacia a todos los que al menos por unos días van en busca de sol y un rayo de alegría.

Lugar común, frase hecha; esa unión de dos palabras que el uso desgasta y vuelve débiles. Pierden el peso, se deshidratan cuando las repetimos aquí y allá como una fórmula infalible. Y con el tiempo se pierde la libertad de asociarlas. ¿Cómo volverlas a la vida? ¿Cómo volver a decir sol y playa sin sentir que se copia un mal folleto de viajes? 

Sol y playa es esa combinación perfecta que ya no se puede escribir en una nota de viajes. Y sin embargo, es el dúo que promete la felicidad cada vez que se elige un destino junto al mar. O sol, na praia esa es, en rigor de verdad, la forma ideal que prefigura el edén del viajero. Porque si hay alguna playa adorada al Sur del Sur, está en Brasil. Los números que articulan por el igual el universo y el marketing dicen que esto es la verdad: el 85% de los argentinos que visitan Brasil son reincidentes; y hay un 35% que ya va por la cuarta o quinta visita. Es sencillo, primero el amor y luego el regreso, para confirmar que la alegría es brasileña.

Y la encuentra cada uno en sitios diferentes: la paz infinita de Ilha Bella; la mística de un resort en Pipa, la eterna magia de Río de Janeiro, o la clásica fantasía argentina en Buzios. Todas inextinguibles fuentes de encantos de este Brasil que es una suerte de meca veraniega, con playas que el Atlántico bendice de un modo diferente, que les permite crear viajeros felices

El litoral paulista

En 1502 Américo Vespuccio se topó con un grupo de islas perfectas, de esas que no estaban en ninguna cartografía, pero que se veían perfectas a los ojos del explorador. Perfectas las vieron también los traficantes de esclavos, los contrabandistas, los piratas y las flotas que atacaban o defendían el litoral paulista. Porque aquí descansan las islas que forman el Archipiélago de San Sebastiao, a 200 kilómetros de la gigante y trabajadora Sao Paulo. 

Ilha dos Búzios, Pescadores, Vitória, Cabras, Castelhanos, Enchovas, Figueira, Lagoa y Serraria son algunos de los nombres de estas perlas que salpican el mar con sus acantilados, sus playas, sus olas y, entre todas ellas, la isla de Sao Sebastiao que alberga en su seno a Ilhabella, un destino que roza la perfección. 

Lo que vieron apetecible exploradores y delincuentes, también llamó la atención de turistas y ambientalistas, al punto que la mayor parte de estas islas forman parte de una reserva natural donde se preservan las playas vírgenes y el bosque.

Aquí y allá, grandes extensiones abiertas al mar, pequeñas bahías, arenas de todos los colores y texturas, y más de cuatrocientos cursos de agua que forman una red fluvial que regala cascadas en los sitios más inesperados definen el potencial turístico del lugar. Sus atractivos naturales son el escenario perfecto para el turismo eco friendly. Cabalgatas, escalada en roca, buceo, mountain bike, trekking, windsurf y navegación a vela son algunas de las actividades que propone esta revitalizante isla. Por otra parte, su excelente infraestructura hotelera, gastronómica y de servicios hace de cada visita una experiencia confortable y placentera.

Hay que saber que aunque el mapa muestra que Ilhabella está muy cerca se debe sortear no solo el vuelo a Sao Paulo, sino luego el trayecto en micro hasta la costa y el ferry hasta la isla. A veces, si no se quiere correr o por cuestiones de horarios, vuelos y azares, se puede hacer noche en sitios como Maresias, un pueblito con playas elegidas por los amantes del surf, y por Edson Pavao, quien hace unos años decidió cambiar su ajetreada vida en San Pablo por la atención del "Ilha de Toque Toque", un hotel boutique con hamacas paraguayas y jacuzzi en plena selva costera. Desde allí se toma el ferry hasta las islas. En particular la de San Sebastiao, dividida en dos, con un ecuador que marca un Norte más agreste y un Sur más poblado. En el centro, los edificios históricos como la Catedral y la Casa de gobierno seducen con un típico pintoresquismo. 

Pero no es la arquitectura lo que realmente impacta. Aquí manda natura y sobre todo la gran cantidad de playas destinadas al turismo, cada una con su característica que la hace peculiar. Entre las más visitadas, por ejemplo, está Castellanos, a la que se puede llegar en una excursión a bordo de una lancha rápida o en un vehículo 4x4 que atraviesa toda la selva tropical, húmeda y oscura. El sitio es perfecto para el surf, ya que las olas suelen alcanzar allí hasta los dos metros de altura. También se pueden hacer paseos en canoa y buceo, que permite apreciar un maravilloso mundo bajo la superficie.

Veleros, goletas y cruceros de lujo

Ilhabela es la Capital Brasileña de la Vela, y sede de muchas competencias del rubro. Tiene una bellísima marina donde amarran cientos de veleros, yates, botes, cruceros y lanchas de lujo.

Por lo tanto, uno de los platos fuertes turísticos son las excursiones en lancha hacia cualquiera de los atractivos cercanos. Como la playa de Jabaquara, una de las más bellas del litoral norte paulista, ubicada a diecisiete kilómetros de Ilhabela. Con arenas claras y casi trescientos metros de extensión, atravesada por dos riachos cristalinos, ofrece encanto y tranquilidad.

El equipaje para la excursión tiene que incluir protector solar, toalla y el infaltable repelente para los "borrachudos", especie de mosca con una picadura muy molesta pero fácilmente evitable. En el muelle no hay que sorprenderse frente a una elegante goleta que ya predispone a cualquiera para disfrutar la navegación. Si a eso se suma el ritmo de la música brasileña, el viaje se torna inmejorable. 

A medida que el barco se aleja de la costa comienzan a aparecer casas de techos rojos, verdaderas mansiones de estilo colonial con perfectos jardines alfombrados en verde brillante; más allá se ven otras elevadas sobre el morro al tiempo que se divisan helechos, palmeras y piedras negras; y más lejos surgen algunas inmersas en la espesa vegetación que conforma el bosque exuberante y húmedo. Hacia el Norte, el faro ubicado en la playa Ponta das Canas. El mar azul, el verde selvático y el mástil blanco y rojo definen una postal perfecta. De eso se trata, Ilha bella es de esos sitios que regalan fotos a cada paso. Mucho mejor si uno aparece feliz en ella. 

 

Río Clásico

Río de Janeiro es una ciudad con magia. Cuando se la visita por primera vez resulta abrumadora. No es perfecta, es fácil encontrarle defectos o problemas y sin embargo es inevitable enamorarse. 

¿Cómo no quedarse prendado del Corcovado? La cima de esa mole de granito se ubica a solo 709 sobre el nivel del mar, pero se lo siente aún más alto porque la cota cero está ahí mismo a sus pies. Y para coronarlo, el Cristo Redentor con sus 38 metros adicionales es una marca registrada, un ícono, pero sobre todo, un atractivo que deslumbra. Hay varias opciones para llegar hasta el Cristo. Desde un trekking a través de la floresta hasta la variante más tradicional: el Trem do Corcovado parte todos los días desde la estación ubicada sobre la Rua Cosme Belho. El pasaje cuesta 45 reales y permite atravesar el Parque Nacional de la Tijuca hasta el ingreso a la cima del Corcovado. Allí habrá que pagar otros 20 reales y optar por los 222 escalones o el ascensor que llevan a los pies del gigante con los brazos abiertos.

Desde aquí se ve todo Río: sus playas, la lagoa, el Pao de Azúcar, la vecina Niteroi y el mar inconmensurable. Desde aquí es fácil imaginarse paseando por el resto de la ciudad. Pero ¿por dónde empezar? Por las playas, siempre por las playas. Míticas, famosas como no hay otras, son públicas, están pobladas de gente por todas partes y exigen estar atentos a cada detalle, mucho más si se viaja con niños. A veces asustan las imágenes de disturbios que parecen arrasar la ciudad, pero esta resurge siempre con nuevos encantos. Y es en ese mismo caos que uno puede terminar jugando al fútbol con los desconocidos más amables de la tierra; o sentado a las tres de la mañana escuchando música en vivo en pleno Copacabana.

Este, sin dudas, es uno de los nombre clave de la ciudad. Su playa es la más famosa de todas, que es decir mucho. Hay aquí algunos de los mejores hoteles. El Copacabana Palace, con su estilo señorial y su frondosa historia; y el Marriott, con apenas una década, pero ya convertido en un clásico. Ambos se ubican sobre la Avenida Atlántica, calle siempre en movimiento, flanqueada por esas veredas en granito blanco y negro con diseños de olas, poblada de puestos playeros (aggiornados de cara al Mundial 2014) donde tomarse desde un agua de coco hasta una cerveza bien helada, incluso si para lograrlo sea necesario usar uno horribles porta latas de telgopor. 

Si lo que se busca, en cambio, es más glamour habrá que rumbear para Ipanema y Leblon. Y sentarse en una mesa del Baretto Londra Bar, ubicado en el hotel Fasano, o en la Academia de Cachaca, sobre la Rua Bernadotte 26, donde se pueden encontrar decenas de variedades de esta bebida que es como el alma de Brasil. O en la Forneria Sao Sebastiao (en Rua Anibal de Mendoca, 112), donde se pueden comer sandwichs tan sofisticados como costosos. Las vecinas calles Farme de Amoedo y Vinicius de Moraes están pobladas de bares y restaurantes que si bien no tan renombrados, son igualmente recomendables. 

En los últimos años el glamour y la bohemia que siempre distinguieron a Ipanema han encontrado una sucursal en Santa Teresa y Lapa, al punto de convertirlos en el rincón más hip de la ciudad. 

Santa Teresa ocupa una colina salpicada de ateliers, bares y restaurantes. La arquitectura de estilo colonial se mezcla con cierto espíritu artístico. La mejor forma de recorrerlo es tomar el bondinho, un tranvía antiguo del que apenas siguen corriendo un par de unidades y que permite subir y bajar para recorrer las calles laterales; y encontrar allí restaurantes como Sobrenatural o bares como el de Arnaldo, casi tan famoso por sus cachacas como la Academia. 

Bajando la colina se pasa de Santa Teresa a Lapa, que hoy es un excelente lugar para alojarse en bed & breakfast y hoteles boutique. Shows y espectáculos en Circo Voador y Fundição Progresso ya son clásicos locales. Lo mismo que visitar la Escadaria de Selarón, una instalación de 215 escalones cubiertos con aproximadamente 2000 mosaicos de cerámica rojos, verdes, amarillos y azules. Es una de esas obras de arte que hacen a Río. Y en este caso es posible pararse a mitad de la escalera parra conocer al mismísimo Selarón, un artista chileno afincado en Lapa, y comprarle sus pinturas. 

Río natural

Un parque nacional en medio de una ciudad de 8 millones de habitantes suena extraño y sin embargo, el Parque Nacional da Tijuca es la reserva natural urbana más grande del mundo. 

Es una franja que atraviesa Río de Norte a Sur en la que se reconocen áreas como la Selva de Tijuca; la Serra da Carioca; la cascada Cascada Cascatinha; la Vista Chinesa, un mirador de estilo oriental ubicado a 380 metros de altura; y la Piedra de la Gávea, un morro de 842 metros de altura donde se congregan montañistas y que sirve de base para vuelos en ala delta. 

Esa misma personalidad exuberante se vive en el extenso Jardín Botánico, que ocupa más de 130 hectáreas en las que llaman la atención las más de 600 especies de de orquídeas y las enormes palmeras imperiales con más de un siglo de edad. 

O en la Lagoa Rodrigo de Freitas, sin dudas, el mejor centro gastronómico al aire libre que uno pueda conocer. La laguna es realmente grande y a su alrededor hay tres parques Cantagalo, Taboas y Patins. De día es un espacio ideal para disfrutar sus casi 10 kilómetros de ciclovías o para alquilar kayaks y botes a remo; por la noche es el momento perfecto para disfrutar de sus 25 quioscos con bares y restaurantes. Los mejores shish kebab de la ciudad se sirven aquí, pero también se pueden encontrar rarezas como el Palaphita Kitch, una recreación de una cantina del Amazonas con platos exóticos como carpaccio de avestruz o apekú una calabaza rellena imperdible. 

Finalmente, nadie puede dejar Río de Janeiro sin tomar el funicular hasta la cima del Pão de Açúcar. Postales de 360° invitan a tomar fotos de todo. O uno puede simplemente sentarse a ver la ciudad. No es solo un destino de playa, es algo mucho más allá. Quizás de verdad sea una suerte de magia que Río ejerce sobre los visitantes. 


Sueños en Buzios

Si Río de Janeiro es un clásico, Buzios no se queda atrás, al menos para los argentinos. La historia del turista que se quedó a vivir en el pueblito de pescadores y olvidó para siempre el estrés de la ciudad para vivir en un paraíso que además queda en Brasil es motor constante de viajes, paseos, consultas y sobre todo fantasías. Es que Buzios es un sitio tan atractivo que es imposible no soñar con él. Es una península ubicada a 180 kilómetros de Río, sobre el océano Atlántico. Por su ubicación y su morfología particular ofrece dos mares distintos: al oeste uno calmo y de aguas calientes y verdes; al Este, un poco más frío y mucho más movido. 

Y no se trata de una playa cualquiera, Buzios es el quinto destino turístico de Brasil por detrás de Río, Foz do Iguazú, Florianópolis y Sao Paulo. Luego vienen Salvador y las playas del Nordeste. Esta afluencia de viajeros hace que los servicios se multipliquen. Así es sencillo encontrar restaurantes de estilo francés, italiano, japonés, tailandés, árabe, de carne argentina, pizzerías, spettos corrido y, obviamente, una cantidad de sitios donde deleitarse con pescados y frutos de mar. Recién salidos del agua no es un eufemismo, se percibe la frescura en cada bocado. 

El centro de Buzios crece alrededor de Rua das Pedras, el sitio para pasear, mirar, ser visto, charlar y comprar. Hay fiestas a la luz de la luna, shows de música popular brasileña y jazz, bares, discos, galerías de arte, grupos tocando rock o blues, todo en un marco de caos con estilo. También en la calle Turibe de Farias, paralela a la rúa Das Pedras, van surgiendo bares y negocios que buscan convertirse en en lado B del centro, la calle con personalidad propia, más allá de las modas. Al final de ambas aparece Orla Bardot, un paseo en donde se encuentran bares como Zapata o Anexo. 

En los alrededores, Buzios es una ciudad de calles calles angostas y casas de corte colonial, muchas de ellas convertidas en pousadas, el alojamiento más habitual en la zona. Las hay de todos los niveles, precios y reputaciones. Lo importante es elegir no por lo que dicen los demás, sino de acuerdo a las necesidades de cada quien. Si se viaja solo, con amigos, en pareja, con hijos, con o sin vehículo, y un etcétera de circunstancias definen la elección. Incluso cuál es la playa que mejor se ajusta a cada quien resulta un dato importante para elegir dónde hospedarse. 

Porque si bien la península ocupa apenas 8 kilómetros, nadie en su sano juicio cruzaría todo el lugar para encontrarse con la arena cuando podría dormir a metros de su spot favorito. 

Son más de 20 playas que van desde las más pobladas a las más tranquilas, desde las que ofrecen paradores y restaurantes hasta las que se mantienen vírgenes. En ese mar calmo y cálido sobresalen Tartaruga, Azeda y João Fernandes; las que ofrecen más acción incluyen a Geribá y Tucuns; mientras Ferradura y Forno se encierran sobre sí mismas en sus ensenadas. 

Praia Azeda, por ejemplo, es de las más calmas y alejadas, Se accede en barco o a través de un sendero desde Praia dos ossos, por cierto ideal para ir con pequeños. Lo mismo que Ferradura, con sus aguas calmas y sus barcitos al estilo de una sencilla aldea de pescadores. 

João Fernandes y su vecina João Fernandinho son de las más concurridas, especialmente por viajeros extranjeros. Sus paradores y restaurantes son ideales para almorzar mirando el mar. Cerca de la playa hay innumerables posadas y hoteles, de modo que lo que se pierde en privacidad, se gana en comodidad. Lo dicho, solo es cuestión de elegir sabiendo de antemano qué se busca en cada sitio. 

Una mención aparte merecen Geribá y Praia Brava, ambas ideales para el surf y elegidas por los jóvenes, los famosos y todo aquel que quiere mostrarse . Desde la Brava parte un sendero que lleva a Olho de Boi, famoso reducto nudista.

Lo dicho, aquí todos encuentran su lugar. Incluso quien quiere tomarse un momento para dejar la playa de lado y volcarse al verde césped del Buzios Golf Club, un campo de 18 hoyos diseñado por los arquitectos Pete y Perry Dye. La cancha fue diseñada a partir de la búsqueda de incorporar y valorizar los accidentes geográficos del terreno. Es lógico, en una tierra modelada con exquisitez por la naturaleza, lo más normal es dejarse llevar por esa creatividad insuperable. 

Norte místico

Pipa es una promesa perfecta. Es ese nombre que son solo mencionar asegura playas sensacionales, enmarcadas por acantilados, visitadas por delfines, semidesiertas o llenas de bares con mucha onda; todas con un clima perfecto sostenido por 300 días de sol y una media anual de 28°; con un mar con amplias mareas pero constantes 27°. 

Pero incluso en el paraíso hay detalles que vale la pena tener en cuenta para que nada empañe tanta perfección. Como que las playas están a nivel del mar y las bellísimas posadas en la parte alta de los acantilados. Eso implica subir y bajar escalones con todos los bártulos y si es en familia con los niños. También hay que saber que el sol se pierde rápido en la playa y que es normal que por la tarde cobre sentido la piscina del hotel. De modo que no es mala idea pagar un poco más pero alojarse cerca de la costa y en un sitio con pileta. 

Pipa se encuentra a 70 kilómetros de Natal, en el Nordeste de Brasil. Es un extremo especial, que si se mira bien el mapa encastraría perfecto en el golfo de Guinea. Alguna vez estuvieron juntos esta punta de América y aquella entrada de África. Y hoy mantienen un lazo de identidad a través de las historias de esclavos y libertos que merecen la pena un poco de atención. Aunque aquí en Pipa es difícil pensar en algo más que comer bien, beber mejor y entregarse a los dictados del mar y la arena. 

Pipa es un destino cosmopolita. Llegan viajeros de diversas latitudes y la oferta se ajusta a esta demanda. Así es posible encontrar bares y restaurantes de todo tipo, con platos típicos del Brasil más profundo, pero también clásicos y modernos de la cocina internacional. Nadie puede quedarse con las ganas de probar algo a su gusto, solo es cuestión de preguntar antes de salir a cenar. 

Y lo mismo ocurre con el menú de actividades, entendiendo por estas aquellas que no implican dejarse atrapar por la playa para relajarse al máximo. Pipa tiene de todo, desde navegaciones memorables, raides en rabiosos buggys o delicadas salidas para nadar con delfines, sin dejar de lado el surf, el kite surf o la pesca deportiva en la lagoa de Guarairas. 

Y así como permite encontrar qué hacer, la pregunta dónde dormir también exhibe múltiples respuestas. Hay más de cien posadas y hoteles; innumerables alquileres que van desde departamentos hasta lujosas villas privadas. ¿Cómo elegir? Preguntar a los amigos que ya viajaron; confiar en el agente de viajes; investigar qué dicen los usuarios en sitios como Tripadvisor; o incluso aceptar el consejo de quien disfrutó de un sitio realmente fuera de lo común como es Pousada Ecovila Spa da Alma. En el nombre está su declaración de principios, no se trata solamente de una combinación que suena a relax. Ubicada en un área de características naturales especiales el resort busca además mantener un equilibrio con el entorno. Y al mismo tiempo, cuidar el balance de cada pasajero de modos nada habituales. 

Los chalets y suites que conforman la posada se ubican todos a 40 metros del nivel del mar y a 250 metros de la playa Das Minas, una de las más alejadas y pacíficas de Pipa. Aquí desovan las tortugas, la marea baja deja lagunitas de agua salda y el sol y la luna comparten el cielo creando imágenes fantásticas. 

Hidromasaje, jacuzzi ?y ducha presurizada completan algo del confort de las suites de entre 35 y 60 metros cuadrados, todas con vista al mar, que se pueden combinar para formar solo un chalet de 95 metros cuadrados aptos para cuatro personas. 

Pero todo esto son apenas detalles. El corazón de la posada es el Spa da Alma, especializado en tratamientos de armonización entre cuerpo, alma y mente. O mejor dicho, el spa trabaja con la llamada Metodología Quadruple y la medicina vibracional que operan sobre los aspectos físicos, vitales, emocionales y mentales. Todo esto se traduce en un ambiente realmente acogedor, con amplios jardines para pasear, con tiempo para conversar, con espacios en los que se puede simplemente disfrutar sin apuros, sin horarios ni ajetreos de grandes hoteles. Y luego sí, entregarse a un programa que se puede diseñar especialmente de acuerdo a las expectativas de cada viajero. Así uno pasar del masaje ayurveda al reiki; del watsu (shiatzu en el agua) a la reflexología; pero también de la armonización de los centros de energía al estudio del perfil astrofísico o la terapia vibracional de la mano de la Dra. Amarilis de Oliveira. Pero lo mejor del caso es que todo fluye con esa armonía tan típica del Norte de Brasil. Porque en ningún momento se percibe un ambiente que no sea el de un sitio fantástico en la playa; que sigue siendo el centro de todo y la razón de viajar varios miles de kilómetros para sentir esa magia tan especial que tienen allí el agua, el cielo y la arena. 

Tomas Natiello

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